Así en el cielo

A lo largo de su historia la astrología ha atravesado momentos de grandes glorias y periodos de profunda oscuridad. Mentes iluminadas como las de Galileo Galieli, Tycho Brahe o Kepler, que –aun siendo astrónomos– complementaban sus ingresos prestando sus servicios de astrología a las cortes, dan cuenta de la vena científica de este saber. La progresiva consolidación institucional del cristianismo y luego el triunfo de la razón durante la Ilustración impugnaron la práctica de la astrología. Sin embargo, sus arquetipos sobrevivieron al desprestigio y habitaron las búsquedas de nuevos pensadores, como es el caso de Carl Jung o Liz Greene. La interpretación y la escritura literaria pueden beber de esta sabiduría para comprender y construir personajes y tramas desde otros ángulos.

En este taller de lectura, durante las tres primeras sesiones, vamos a acercarnos a textos teóricos y literarios para entregarnos al goce de la interpretación, y durante la cuarta semana intercambiaremos cuentos escritos bajo la luz de estas estrellas conmovedoramente antiguas.

Descargo: Ojalá lo fuera, pero no soy astróloga. No sé leer tránsitos y, por lo tanto, no sé hacer predicciones basadas en esta ciencia. Mi saber autodidacta se nutre de los arquetipos que nos traducen las energías celestiales. Este taller es puramente lúdico, orientado a estimular la creatividad recurriendo a estos estímulos de la semiosis del cosmos.

Duración: Del 29 de octubre al 19 de noviembre. 1 encuentro semanal, vía Zoom, de dos horas (7-9 pm Eastern Time-USA), los días jueves, con seguimiento semanal por email.

Costo: U$ 55 (cincuenta y cinco dólares)

Formas de pago: Por favor, escribime a giovannarivero@gmail.com para mayor información sobre las modalidades de pago.

La Revolución de los Reinos

En este taller de escritura de ciencia ficción revisaremos los elementos narrativos constituyentes del género. Asimismo, desarrollaremos una mirada panorámica a las manifestaciones contemporáneas de esta sensibilidad en Latinoamérica a fin de reconocer la mitología del siglo XXI que emerge de sus mundos. La actual ciencia ficción ha volcado la mirada hacia la interioridad humana y hacia la corteza más íntima del planeta, a diferencia de las ansiedades del siglo XX que nos arrojaron a las galaxias. Y es que, ante la crisis de sus antiguas capacidades especulativas, las escrituras que antes se consideraban “no miméticas” hoy rozan el límite de una realidad impredecible y se enfrentan al desafío de contar ese “real” desbordado desde otras sensibilidades. El cambio climático, la invasión de los virus, la extrema polarización política, la autonomía de los cuerpos, los modos en que los reinos vegetal y animal intervienen en la mutación de la especie de humana son algunos de los temas que la Sci-Fi aborda hoy con una solvencia que le disputa al realismo su poder de penetración en los imaginarios de este milenio.

Durante los encuentros, además de discutir algunos textos modélicos, nos entregaremos al ejercicio de la escritura bajo algunas consignas que activen vínculos entre la teoría y la pulsión creativa, necesarios para articular nuevas utopías, distopías, ucronías y otros universos ortogonales.

Duración: Del 24 de septiembre al 15 de octubre. 1 encuentro semanal, vía Zoom, de dos horas (7-9 pm Eastern Time-USA), los días jueves, con seguimiento semanal por email.

Costo: U$ 55 (cincuenta y cinco dólares)

Forma de pago: Por favor, escribime a giovannarivero@gmail.com para mayor información sobre las modalidades de pago.

Tras las huellas de Hansel y Gretel

Descripción: En las tradiciones literarias alemana y francesa –de donde bebe gran parte del mundo de los cuentos de hadas– la figura de la niña o el niño perdido ofrece una simbología inagotable y compleja con la que podemos seguir tejiendo tramas y elaborando descubrimientos. El enfant trouvé o el Findelkind se adentra en el bosque y de allí retorna transformado. En este taller leeremos textos teóricos y literarios sobre este tema para explorar en nuestra propia escritura los modos en que podemos volver a contar la épica del extravío infantil.

Objetivo: La reescritura es un camino de búsqueda más desafiante de lo que superficialmente se cree. Hay reescrituras epidérmicas y reescrituras profundas que ponen en contacto sistemas de significación de muy distinta índole. En este taller nos interesa el segundo camino: producir un texto (cuento) que, en diálogo con el cuento de hada, se atreva a la renovación.

Duración: 1 encuentro semanal cada jueves, vía Zooom, de dos horas de duración (7 a 9 pm). Del 20  de agosto al 10 de septiembre. Seguimiento, interacción grupal y retroalimentación online.

Costo: 50 dólares (vía Paypal, Western Union, MoneyGram o transferencia bancaria).

Consultas: infogiovannarivero@gmail.com

Entrevista de Alicia Ortega – Revista Sycorax No. 3

Haga clic para ir al sitio original de la Revista Sycorax:

“La escritura como puente o pacto de no-suicidio. Es la herida la que nos defiende”

Entrevista de Alicia Ortega Caicedo a Giovanna Rivero.

Giovanna Rivero (Montero, Santa Cruz-Bolivia, 1972). La escritura de Giovanna traza un deslumbrante y portentoso itinerario que entrecruza la literatura de género, el punk, el feminismo, paisajes distópicos propios de la ciencia ficción, escenarios góticos y fantásticos, adolescentes en procesos de iniciación, jovencitas terribles que escriben y conspiran, la belleza de lo siniestro y la “enunciación provinciana”, niñas ensimismadas, mujeres que se definen como “románticas inoperantes”, otras signadas por una “imaginación distraída” y de “salvajes intuiciones”.

Aunque este diálogo se desarrolló vía correo electrónico, he tenido la suerte de conocerla personalmente, de escucharla y conversar con ella, en tres diferentes ocasiones: en 2015, Mariuxi la contactó e invitó para contar con su participación en la Ferial Internacional del Libro de Quito en ese año. Más tarde, en la Feria del Libro de Quito 2018, volvimos a tenerla con nosotras. Y en 2019, Daniela nos regaló la oportunidad de escucharla una vez más en el Encuentro Internacional “Cartografías de la disidencia. Lo femenino en la literatura: potencias e irrupciones”, en el Centro Cultural Benjamín Carrión (Quito).

Nuestra conversación gira de manera particular en torno a su novela 98 segundos sin sombra (2014) y su libro de cuentos Para comerte mejor (2015).

Alicia Ortega Caicedo (AOC): Los cuentos que hacen parte de tu libro Para comerte mejor exploran una ambigua y seductora zona que nos remite a la belleza de lo siniestro. Nos encontramos con personajes extraños, frágiles y luminosos a la vez: zombis, fantasmas, cuerpos resucitados, “criaturas opacas” o enfermas de fantasía, mujeres tomadas por la tristeza o en el curso de insondables búsquedas. “Me duele el mundo”, parece que dicen tus personajes mujeres. ¿A qué responde la construcción de estos personajes? Particular belleza reconozco en las niñas, las mujeres y los adolescentes. Una belleza encarnada en cuerpos heridos y desamparados. Cuerpos que, como en el caso de los indigentes que habitan las alcantarillas (“La piedra y la flauta”), son “lúcidos observadores de aquello que los que viven en la superficie no pueden ver”. ¿De qué habla esa extrañeza? ¿En dónde ancla? ¿Cómo trabajas el lenguaje que nombra y da forma sensible a esa extrañeza?

Giovanna Rivero (GR): Me es difícil responder a esta pregunta sin volver mi mirada a mi propia adolescencia. Supongo que es en los primeros dolores donde la escritura planta las semillas primordiales que luego hará fructificar, y es con esta intuición que me doy permiso a mí misma para hablar desde lo personal sobre esta premisa que planteas: Me duele el mundo. Sí, me duele el estar en el mundo. Y en términos inmediatamente sociales se me dificulta mucho comunicar este sentimiento que me acompaña incluso cuando estoy básicamente feliz. No quiero ser la eterna melancólica, de modo que dejo que la performance tome el escenario. Sin embargo, por debajo, como una bruma, siempre está esa honda y a veces insoportable incomprensión de la soledad adolescente. Entonces viene la escritura como este puente o este pacto de no-suicidio, esta transacción desigual con la vida. Creo personajes que sí puedan comprender desde su propia circunstancia esta isla enfermiza. Por eso, más que una invención, pienso en estos personajes como embriones dormidos en lo profundo de la imaginación y de la memoria y que yo despierto para que podamos atravesar juntos este trayecto por la existencia. Y si miro un poco más en retrospectiva, se me ocurre que esta necesidad literaria de hacer de los cuerpos de mis personajes una expresión delicada de lo monstruoso nace con la mezcla de lecturas que forman mi tradición, mi imaginería. Entre lecturas muy dispares, también disfruté de los cuentos de hada precisamente porque las chicas experimentaban unas transformaciones inauditas: pasaban doce años convertidas en vacas o pegadas a una piel de asno que no se podían quitar de la espalda, se cortaban el dedo gordo del pie para poder caber en un ridículo zapatito de cristal, se convertían en pájaros, en cuervos malignos, en fin, un travestismo maravilloso que solo es posible si se entrega el cuerpo.

Me interesa, pues, marcar los cuerpos de estas criaturas mías con alguna herida congénita, es la forma un poco cruel que tengo de quererlos. Si no los preparo así para los conflictos que les tocan, ¿con qué se van a defender? Es la herida la que nos defiende.

AOC: En la línea de la pregunta anterior, especial lugar ocupa la protagonista de tu novela 98 segundos sin sombra: esa adolescente terrible y conmovedora, huraña y sensible, herida y lúcida. “Una raíz salvaje”, dice Genoveva de sí misma. Capaz de amamantar a su hermanito down, de desconectar a su abuela del tanque de oxígeno como acto de amor, de ayudar a su compañera de colegio a abortar, llena de rabia, pero también inmensamente tierna, lectora voraz, aprendiz de escritora ella misma. Porque lo que leemos es su diario, su cuaderno secreto. ¿Cómo logras ese tono aguerrido, de “metáforas punky”, desbordado en el amor, la ternura y lo inaudito?  ¿Relato de iniciación femenina? ¿Qué nos dice la construcción de tu protagonista en relación a pensar lo femenino? ¿Lo femenino como esa fuerza que hace explotar el orden sedimentado, las formas que han perdido su lozanía, los lazos cuando se han debilitado?

GR: En efecto, es un relato de rebeldía y de asfixia. Genoveva está asfixiada por ese pueblo que apenas le presenta posibilidades y que al mismo tiempo atenta con corromper su inocencia radical. Me interesaba dotarle a este personaje de una mezcla de poderes: la inteligencia precoz y la invencible inocencia. Solo así iba a serle posible romper todas las reglas que rompe. Entonces, parafraseando a la legendaria Jeanette, Genoveva es “rebelde porque el mundo la ha hecho así”. Ese mundo en el que hice crecer a este personaje está habitado por mujeres que, si bien intuyen por la larga experiencia vital que hay otro horizonte, no se atreven a entregarse totalmente a lo desconocido. Genoveva mete en la mochila toda su valentía posible y se sumerge en la existencia, con todo, sin garantías. Mientras escribía esta novela pensaba en esa clave, en que vivir es morir, no se puede de otro modo. Lo de las metáforas punky tiene que ver con la atmósfera estética musical de los ochenta. El pop fue una explosión total y para un pueblo chico eso constituía una sonda a la modernidad. Esa impronta aparece en gran parte de mi escritura porque supongo que en mi educación sentimental esa música entre el punk y la ciudad era una suerte de resistencia al discurso político de la izquierda de los setenta que comenzaba a cuestionar sus consignas. Las consignas del pop no eran un gran reemplazo discursivo, pero salvaban la vida. En definitiva, Genoveva es para mí un amado avatar. Cuando recién se publicó 98 segundos sin sombra muchos preguntaban si el texto era autobiográfico y yo respondía que sí aunque yo no hubiera sido capaz de ejecutar ninguno de los actos radicales, resistentes y sublimes de Genoveva, pero es la autobiografía de mis deseos juveniles y eso es más auténtico e importante, me parece.

AOC: La extrañeza de tus personajes encarna en corporalidades de un encanto propio, uno que se compone de un inusual amasijo de intensidades que dan cabida a la ternura y al miedo, al amor y a la piedad. Son personajes en cuya definición particular importancia tiene la materia de sus cuerpos: sus huesos, la carne dormida o enferma, la mirada incómoda, la baba, también la carne putrefacta, la pus, la grasa, lágrimas, vómito, sudores, el cuello, el útero, el colmillo, el feto. A veces, como el caso de Inés ˗la mejor amiga de Genoveva en 98 segundos sin sombra˗, se trata de desaparecer materialmente porque le pesa demasiado su propia carne. ¿Qué lugar ocupa en tu escritura, en tu imaginación sensible, la pura materia de la que están hechos tus personajes?

GR: La carne es la autonomía de los personajes. Serían títeres, esclavos de mis cortas ideas si el proceso de escritura no los liberara precisamente del rigor abstracto y conceptual de la letra. Por eso me preocupo porque tengan cuerpos, por amasar sus cuerpos, por hacerlos conscientes de sus imperfecciones, su fealdad, su avanzada milimétrica hacia la muerte. Es en la carne, en su sufrimiento, donde puedo inscribir la subjetividad de los personajes; de otro modo, la narración se tornaría en una deriva semántica desahuciada.

AOC: Quiero preguntarte acerca del modo como trabajas el tiempo. En algunos de tus cuentos de Para comerte mejor, no siempre resulta fácil precisar cuándo o dónde ocurren las cosas: la vida parece acontecer en un futuro distópico, signado por la destrucción y la ruina. ¿De qué se arman los puentes temporales de tus relatos? Particular fuerza experimental adquiere el tratamiento del tiempo cuando tus cuentos abordan temas relacionados con el poder, en el contexto latinoamericano contemporáneo. Por otro lado, el tiempo de Genoveva responde a otra lógica, a la del estallido y la del “tiempo-ahora”. El vicio de ella es contar el tiempo: “los segundos en que sucede o va sucediendo un cambio radical”. ¿Qué pasa con el tiempo?¿El tiempo que habitan tus personajes?

GR: El tiempo me angustia mucho. Y su mejor reloj es la carne que envejece. No estoy diciendo que la vejez me asuste, no es eso, sino que el cuerpo en tanto único receptáculo creíble del tiempo me conmueve profundamente. Todo lo demás es cíclico y por eso contiene los vicios de la eternidad, el Sol que vuelve a salir, las estaciones que se repiten, en fin. El cuerpo, en cambio, acusa recibo de ese tránsito inexorable hacia un final. Hago esfuerzos por no verlo todo en esa clave, pero he terminado aceptando que la batalla irresoluble entre el instante y el “para siempre” –uno de los desenlaces o cierres narrativos más terribles y con los que los cuentos de hada solían llenarme de terror– es algo que solo se puede vencer con la voluntad sentimental. Mis personajes, en ese sentido, son ejecutantes de un baile siniestro y hermoso, la danza del memento mori. Se aferran a cada diálogo, a cada decisión o movimiento corporal con tal determinación orgánica que a veces me impiden seguir escribiendo.

AOC: Llama especialmente la atención una particular conciencia lingüística que en parte define a tus narradoras. Una conciencia que atiende de manera explícita la materia de las palabras: su particular sonoridad, la resonancia afectiva que ellas provocan, las conexiones y peso que ellas portan. En cualquier momento, la línea narrativa hace una pausa para abrirse hacia una nueva estancia y generar de manera casi intempestiva una particular reflexión a partir de una palabra que se destaca entre comillas, que sobresale en la proliferación semántica que provoca. Las mujeres que protagonizan tus narraciones casi siempre están en capacidad de percibir la fuerza de las palabras, la fuerza de la materia de la que están hechas, saben que las palabras no siempre pueden ser “limpias y fieles”. ¿Qué buscas con ello en el trabajo con la escritura? ¿Cómo incide que tu lugar de escritura sea un entorno lingüístico otro al de la lengua en la que escribes, uno diferente a tu lengua materna?

GR:  Creo que tiene que ver con lo de esa pulsión de muerte que te comentaba. Fijate que hace dos años mi madre sufrió un ACV y, aunque tuvo suerte, parte de su vocabulario diario se quemó con esa locura eléctrica que le ocurre al cerebro en estos casos. Lo que ese acto traicionero del cuerpo no esperaba era la rebeldía de mi madre, un rasgo que caracteriza la totalidad de su existencia. Entonces, de un modo que me asombra hasta erizarme la piel, mi madre abrió unos secretos almacenes del lenguaje, escondidos en alguna parte de ese planeta bestial que es la memoria, y comenzó a usar palabras que antes estaban perezosamente dormidas. Mi madre, eso sí, es una gran lectora. De modo que cuando esta mujer que había sobrevivido al incendio de su lenguaje diario puso en circulación otra forma de nombrar el mundo, algo distinto en la familia también se inauguró con ese bautismo. Mi hermana me comentaba por teléfono, un poco en tono de broma, que mamá ya no era nuestra madre, no la que habíamos conocido: se había convertido en una dama del siglo XIX. La dama, sin embargo, ahora se daba permiso de decir un montón de ‘malas palabras’. De alguna manera mis heroínas tienen esa relación de sospecha y riesgo con la lengua que van construyendo. Esta artesanía lingüística que intento trabajar en mis personajes pasa por desafiar las sintaxis con las que regularmente se comprende la realidad. Una cierta anarquía en esa sintaxis antigua me parece fundamental para que emerjan mundos nuevos. Si hay algo que me gusta de “La bella durmiente” es la guerra de intenciones entre las hadas buenas y el hada macabra que no fue invitada al banquete. Mientras las haditas enuncian colores para pintar el vestido de tul de la princesa –¡que sea azul!, ¡que sea rosa!– y el vestido va aceptando ese lenguaje, el hada abyecta pinta de ónix el mundo y es capaz de envenenar una manzana con el poder de su terrible enunciación.

AOC: Me gustaría conocer tu reflexión acerca de esa particular “enunciación provinciana” a la que te refieres en distintos momentos de tus narraciones. Nos encontramos, en varios cuentos, con mujeres que son provincianas, de origen campesino. Una de las narradoras alude a su “clásica terquedad provinciana”. ¿Cómo afecta ese borde provinciano, en tanto deliberado lugar de enunciación, tu escritura? ¿Cómo atraviesan los itinerarios de tu propia biografía migrante los contornos de tu narrativa?

GR: Hace poco leí un ensayo sobre cuestiones lacanianas y resonó mucho en mí una noción sobre la extimidad como una condición primordial del sujeto humano. Los padres son los primeros “otros”, preceden al que nace. Nacer, en ese sentido, es separarse, devenir en un extranjero radical de ese “uno” que se era en la belleza de la inconsciencia uterina. Creo que mis personajes intuyen esta marca y por eso su condición de provincianos es tan necesaria y tan querida. Esta patria a pequeña escala, la provincia, se acomoda en los recuerdos de la infancia. Una de las cosas en las que pienso mucho a la hora de darle vida a un personaje es su infancia, aunque luego no escriba una sola palabra sobre eso. Por otra parte, mis personajes suelen ser criaturas periféricas de uno u otro modo, incluso si les dibujo una familia estándar y esas cosas, por eso el provincianismo en tanto tensión con cualquier estatuto más cosmopolita o universal les da la fuerza para enfrentarse a esa totalización, a esa superioridad epistémica, por decirlo de algún modo. Mis personajes son de provincia, no importa si salen de ella o no; es en esa delimitación territorial donde ellos colisionan el enorme hambre cósmica que los empuja al encuentro de algo dionisiaco, delirante, algo que los exceda.

AOC: “Los recuerdos inútiles son los más hermosos”, leemos en “Humo”, ¿porqué? En el cuento que abre tu libro se habla acerca de “atar lo desanudado”. ¿Cómo entra el trabajo con la memoria en tu escritura?

GR: La memoria para mí lo es todo. Es una maestra de la gramática y la sintaxis de los acontecimientos. Ella ordena, organiza, desbarata, elabora montajes, sutura tajos, diseña collages sin que siquiera nos percatemos de sus artificios. Pero la memoria que a mí me interesa es la que adopta el formato de los sueños; es decir, la que profana el símbolo. Creo que es en ese nivel donde este mecanismo, por el cual podemos mirar de frente a la muerte sin sentirnos tan pequeñas, alcanza su más clara autenticidad.

AOC: ¿Cómo mira Gio Rivero escritora, docente, mujer, latinoamericana, nuestro presente más inmediato en términos de nuestra historia regional de hoy? ¿Cómo lidiar con esa violencia que nos vulnera?, allí en donde sin embargo se movilizan cuerpos insumisos: cuerpos de mujeres, de campesinas y campesinos en la defensa de sus territorios, de jóvenes que hacen frente a la violencia estatal en nuestras calles. Tiempos de violencia y expoliaciones, de muertes y desesperanzas, pero también de movilizaciones y desobediencias poéticas, colectivas, muchas de ellas en clave femenina.

GR: Durante el tiempo que investigué y escribí mi disertación doctoral me acerqué al pensamiento de Alain Badiou y una de las posiciones suyas que más valoro respecto a la relación ciudadano-Estado nación o ciudadano-hechos es que precisamente él distingue esa categoría, la de “ciudadano”, de la de “sujeto político”. Para Badiou, el tipo de respuesta que un ciudadano da a los sucesos que lo convocan lo convierte en un sujeto político o lo confirma en su estado de civilidad. El sujeto político es, para Badiou, esa conciencia lúcida y atrevida que lee en los hechos terribles, en la violencia, en la asquerosa injusticia, la sombra y la actualización de otros momentos de la Historia y decide intervenir, poniendo el cuerpo, el físico individual y el que suma con los otros. Creo que es esto precisamente lo que América Latina está experimentando, un despertar a su subjetividad política que el neoliberalismo y su estética ahistórica de la década del noventa habían anestesiado. El primero en plantar respuesta ha sido el feminismo, los feminismos, y eso hay que celebrarlo mucho. Yo siento que uno de los aspectos más desafiados recientemente por estas maravillosas rebeliones es el lenguaje, principalmente ese lenguaje axiomático que nombraba con total suficiencia los afectos políticos y las pulsiones ideológicas. Izquierda, derecha, centroizquierda, fascismo, pueblo, gente, calle, palabras que creíamos dominar en su enunciación y que de pronto nos traicionan, se agotan ante la complejidad de los acontecimientos, antes sus contradicciones. Y ahí es cuando creo que el arte, la literatura, la ficción, la escritura poética tienen tareas pendientes.

AOC: ¿Cómo concibes lo femenino en la literatura?, lo femenino en la literatura de hoy. ¿A quiénes estás leyendo? ¿Podemos hablar de una comunidad de mujeres escritoras en Hispanoamérica? ¿Te ubicas en alguna genealogía de escritoras mujeres latinoamericanas?; quiero decir, en una línea de aprendizajes, legados, cercanías.

GR: Hace muchísimos años, mi madre –que siempre le “ha buscado a la vida”, como dice ella– aprendió a hacer macramé para generar algo de ingresos. Anudaba “caminos de mesa”, tapetes, maceteros, y un sinfín de texturas. También tejía croché. Por esa época, mientras ella se sacaba callos apretando las sogas, mirábamos la serie policial alemana “El viejo”. En uno de esos episodios, el detective descubre al asesino gracias a la particular forma de atar un nudo marinero con el que la víctima aparentemente se había ahorcado. “Qué fácil”, comentó mi madre, “esos nudos no tienen secreto; estos, sí”. Traigo la anécdota a colación porque creo que lo femenino en la escritura y la ficción tiene que ver con esa disputa entre lo ostensivo, lo acostumbrado a la luz escénica, y aquello cuya semilla es inasible, hermosamente opaca. El detective, en tanto lector, puede ver el nudo obvio, el nudo asesino, matemático, legible y perfecto. Estoy segura de que ese mismo detective se habría mareado ante las fuerzas secretas del nudo de macramé. Allí donde lo femenino opera para dosificar sin borrar, para acariciar la pulsión sin someterse totalmente a ella, para hacer de la especificidad un símbolo singular, allí encuentro yo la belleza y la trascendencia de una escritura.

Siempre digo que una de las preguntas más difíciles de responder para mí tiene que ver con tradiciones y genealogías en cuya secuencia tendría que reconocerme. Hay algo vertical en esas categorías que me expele. Hablo con total honestidad. Prefiero siempre hablar de hermandades. Y las hermandades no tienen nacionalidad o tiempo, pertenecen al orden cósmico y allí se multiplican. Cuando encuentro algo con lo que conecto profunda, espiritualmente, en un cuento, en una novela escrita por una mujer, me digo con felicidad: ¡he encontrado una hermana! Entre esas hermanas cuánticas están, por ejemplo, Marosa di Giorgio, Clarice Lispector, Daniela Alcívar, Esther Seligson, Carson McCullers, Valeria Luiselli, Marguerite Duras, Gabriela Ponce, Eugenia Almeida, Magela Baudoin, Betina González, Simone Weil, Esther Cross, Fernanda Trías y recientemente Olga Tokarczuk.

Sueño con matemáticas

“Black Addition”, fotografía de George Becket

En este sueño regreso a Bolivia porque debo comenzar a estudiar. Estudiar de nuevo. Esta vez matemáticas. Estoy nerviosa, me preocupa no dar la talla –preocupación lógica, por cierto, pues en la vida ‘real’ nunca he sido buena en mate–. La idea de calcular problemas enormes como la velocidad o la luz o algún tipo de probabilidad certera me llena de pánico. Siempre he admirado la capacidad de abstracción de las operaciones matemáticas, el modo en que una ecuación es capaz de resumir la abundancia o de amenazar con una explosión; sin embargo, he mantenido una prudente distancia ante su misterio. Mi padre, que es ingeniero industrial y siempre ha sido un crack para los números, me pide que me relaje, al fin y al cabo, trabajar con matemáticas es como escribir ficción, dice, mientras en mi sueño caminamos por un campus laberíntico. Hay que amar y respetar cada número como se respeta a un personaje, dice. Entonces, envalentonada por esa analogía, tomo mi mochila y voy en busca de mi aula que, según recuerdo, está en el módulo 3. Pero, ¿dónde queda ese módulo? Camino y camino por círculos y graderías, con el tórax apretado por la angustia; avanzo casi por inercia sin encontrar el dichoso módulo, hasta despertar. Despertar del puro cansancio.

Interpretación

Hace días que me enfrento a las nuevas exigencias tecnológicas de la súbita y full enseñanza online, de modo que eso es lo primero que interpreto. Que este nuevo modus operandi desatado por la pandemia implica para mí desafíos similares a los de tener que aprender matemáticas en tiempo récord. Sin embargo, mientras el día va desarrollando su personalidad afectiva y la realidad entra en diálogo con mi impronta onírica, codifico nuevas lecturas, lecturas más arriesgadas, porque para eso están los sueños, para empujarnos a los abismos de nuestros temores. Leo, por ejemplo, un titular que dice que, en Montero, mi ciudad natal, están inaugurando a las apuradas un hospital muy moderno que atenderá a los afectados por el coronavirus; el hospital contará con 12 respiradores. Sí, 12 respiradores (más los que, por supuesto, debe haber en los otros centros hospitalarios) para una población de aproximadamente 150 000 habitantes. Durante los últimos días he estado leyendo cifras siniestras, proyecciones y restas que simbolizan, mejor que cualquier hermoso buitre, este gran memento mori que experimentamos, casi alucinados, como en una sugestión global. Se ve que mi capacidad simbólica para canalizar los insumos sentimentales en los sueños no hace un trabajo muy sutil. De todos modos, sigo intentando en la interpretación, buscando en la astrología, por ejemplo, alguna otra clave. Y he ahí que descubro o recuerdo que la casa III es ‘el parte’ de los hermanos. Y entonces la pulsión del inconsciente me lleva veloz, acezante, a la imagen de mi hermano, el quinto de nosotros, el que desde niño curaba a nuestras mascotas porque su vocación de médico ya se prefiguraba, clara, bondadosa. Pienso en él y me conmueve la foto que nos manda por el whatsapp: ahí está, bajo la mascarilla y el enterizo blanco de astronauta, sonriente a juzgar por los ojos, listo para lo que venga. Y entonces, con el poder invencible y matemático de mi amor, lo abrazo y lo protejo. Nada podrá, pienso, decido, con esta raíz exponencial que nos incluye.

Taller de ensayo breve:

Corteza y pulpa de las ideas

(Centro Enjambre-12 de marzo a 9 de abril- Formato Online)

“Ventanitas para pensar”. Fotografía de Jeffrey Czum

Pensar ha sido desde siempre uno de los placeres humanos más sensuales y necesarios. La tarea de darle sentido a la vida en el plano de la escritura exige rigor, mucha creatividad y algunas estrategias lógicas y propositivas para la vinculación de ideas. Desde el refrán, el dicho popular, la prefiguración de una verdad, hasta la composición de teorías, el ensayo como género “natural” del pensamiento nos ha permitido reflexionar en voz alta y en comunidad. En este taller de escritura de ensayo breve, que también podríamos llamar “literario”, leeremos algunos ejemplos fundacionales de este tipo de textos y desarrollaremos un ensayo paso a paso. Con ese fin, serán necesario revisar algunas nociones sobre retórica y discurso, pero el foco principal estará puesto en la producción de escritura.
Leeremos ensayos contemporáneos para desglosar sus estrategias discursivas y propondremos, desde el esqueleto, una estructura ensayística que la escritura creativa, libre pero rigurosa, se encargará de encarnar.

Haga clic en el enlace para mayor información sobre precios y modalidad virtual: http://centroenjambre.com.ar/nodos.php?idseccion=560

Sueño con rosas a medio morir

“Campanas”, fotografía de Suzy Hazelwood.

Son blancas, pertenecen al mismo campo de cultivo y, aunque tienen la misma edad, algunas ya están calcinadas por la maldad ultravioleta. Esto es lo que sueño a pocos días de que se acabe este perturbador 2019, lo cual marca ya un horizonte de interpretación.

Puedo verlas desde arriba, en picada, como si yo fuera un pájaro o un ojo lunar que, sin esfuerzos ni un exceso de voluntad, hace acercamientos invasivos a los cuerpos de esas rosas. ¿Son mías? No lo sé. ¿De qué se trata esta circunstancia en la que la observación es ya un estar óntico muy objetivo y más bien son ellas, las rosas blancas, las que contienen toda la subjetividad de este sueño alucinado? El sueño no ofrece otra clave que ese mirar las rosas desde una cierta altura, acercándome y alejándome, como en una levitación bocabajo cuyo único fin es calcular los distintos grados de vitalidad o de muerte de esa provincia vegetal.

Algunas de esas rosas están literalmente en la flor de su juventud. De pétalos mullidos que no terminan de abrirse a la luz solar, permanecen erguidas sobre el tallo. También ellas morirán, pero mientras tanto están allí, persistiendo en su belleza. Las calcinadas también son bellas, pero a esas ya no les importa la caricia del aire iluminado o la vecindad de las recién nacidas. Están simplemente muertas. Los pétalos quemados: delicadas ruinas llenas de dignidad. Estas rosas oscuras, jorobadas por el peso de las partículas de carbón, no se avergüenzan. También persisten.

Son las rosas en deterioro las que hacen de ese campo de cultivo una región amarga. Se marchitan y sus pétalos amarillentos no lo aceptan. En mi acercamiento los veo enroscarse, retorcer sus bordes como esos cigarrillos comidos por su propio fuego. No siento pena por ellas. Sólo las observo con mi conciencia desprendida e incorpórea.

Interpretación

En el desayuno, después del supersticioso vaso de agua, le cuento a Alex mi sueño. “Debe ser la vida nomás”, dice él, “las amistades que se marchitan, las que se acaban, las que quedan a pesar de la radiación”. Entonces pienso que son flores políticas y que Alex puede tener razón.

Pero también pienso en el lugar que le reservo a lo heterogéneo en mi propia vida. Como esas rosas plenas, a medio podrirse, todavía hermosas, un poco muertas, así percibo las cosas para mí trascendentes. Todavía están, todavía ríen, pero un día no estarán. Todavía. Aún. Ahora. Yo tampoco. Me queda hacer el esfuerzo por ver y guardar lo verdaderamente importante. Muchas veces fallo y me quedo sólo con el refucilo. Atrapar la electricidad es difícil.

Sueño con fiesta de barrio y escalera en A

En este sueño, mi marido y yo asistimos a una fiesta que se celebra en el barrio de mis padres, en Montero. Un barrio popular, conformado por vecinos que se conocen, gente que desarrolla actividades económicas informales para subsistir en un mundo sin contemplaciones. Un mundo “descontemplado”, como decía mi hermano.

La fiesta es nocturna y la cumbia nos envuelve como un abrazo dulce. En algún momento, decido que quizás debería ponerme unas gotitas de perfume. Llevo un perfume en la cartera, es Chanel No. 5 (perfume que en mi vida despierta ni siquiera poseo). Busco el frasquito en el fondo siempre caótico de mi cartera y no lo encuentro. Una insoportable lava de indignación me sube y me quema en el cuello, donde debería estar frotándome el dichoso elixir.

Vámonos, le digo alterada a mi marido; me han robado mi perfume. ¡Como si pudieran valorarlo!

Cuando nos dirigimos al portón de ese patio de todos en el que la cumbia todavía picotea la tierra como una lluvia invisible, distingo a Pablo apoyado contra una de esas escaleras en A que utilizan los pintores para alcanzar el cielorraso.

¡Pablo!, ¿qué hacés acá?

Mi hermano me sonríe torciendo un poco la comisura izquierda, con ese gesto pleno de inteligencia tan suyo.

¿Buscabas tu perfume “Frustreishon”?

¡No te burlés! ¿Vos me lo robaste? ¿Vos tenés mi perfume? ¡Y yo renegando contra todos!

Mi hermano está ahí, flaco, apoyado contra aquella escalera como si sostener su esqueleto fuera una tarea innecesaria.

Oye, debo irme, le digo. (En la conciencia íntima o interior del sueño sé que no hay nada que yo pueda hacer para impedir eso que él ya ha decidido. Doy un paso hacia su cuerpo desgarbado y le revelo): Sólo quiero decirte algo. Una cosita.  Es algo verdadero.

Dale.

Te amo, ¿sabés? Te amo mucho.

Yo también te amo, dice mi hermano, levantando un poco la barbilla, mostrándome su cuello joven. Entonces le presto atención a su polera. Es una polera verde desgastada, como si un crayón infantil la hubiera dibujado a la rápida..

Interpretación

Soñé esta visita de mi hermano hace muchos meses, mientras vivía en el lugar del karma, Ithaca. Despierto con el sonido de la nieve dura que golpea la ventana como quien toca con los nudillos sobre el vidrio helado. Lo primero que me perturba es la polera con la que yo estoy durmiendo: es la misma que vestía mi hermano en el sueño. Acaricio la textura granulada del algodón viejo y cierro los ojos para que ese sueño no se me escape nunca.

Quizás Pablo diría que es un sueño “desmetaforizado”. Todo está claro aquí. Es, por tanto, e insisto en ello: una visita. Un pacto.

Por teléfono, esa misma semana mi madre me cuenta que por fin se han animado, no sin dolor, a refaccionar el apartamentito de Pablito. Ahora todo huele a pintura, dice. Y yo imagino la escalera en A.

A quienes nos entusiasman las posibilidades moleculares de la física cuántica, la idea de que la materia y otras formas de energía son mutuamente correspondientes nos brinda algo de consuelo ante lo limitado de este plano existencial. Por eso, cuando mi hijo –que por esos días trabaja en el Salvation Army organizando los artículos de las donaciones– regresa una tarde, poco después de este sueño, y me dice: hoy llegó un perfume que me pareció que podría gustarte, sé –incluso antes de abrir el paquete– de qué perfume se trata.

Del perfume como cercana simbología de la esencia espiritual podríamos discutir mucho, claro, pero creo que este sueño no me pide otro acto cognitivo que no sea el de reconocer, en el océano del alma, la posibilidad real de un encuentro con los fantasmas más amados.

Sueño con fauna y androides

“Pájaros negros”, fotografía de Valeriia Miller

Estamos paradas sobre una colina. Los animales que allí reinan son tan obscenamente coloridos que hay que achicar los ojos para que esa intensidad no te explote en el cerebro.

–Mirá –le digo a mi hija, que en el sueño vuelve ser a una niña chiquitita y aprieta mi mano con la confianza impúdica de otros tiempos.

Una oveja rosada camina muy segura de sí misma. Acaba de salir del salón de belleza y los rulos tiesos, con tonos fucsia, la aseñoran excesivamente. Deseo aconsejarla sobre la necesidad de llevar el pelo más suelto. Pero no le digo nada porque mi hijita y yo tenemos prisa.

Dejamos atrás a la oveja enrulada y nos ocupamos de un pavo que lleva ojos verdaderos –ojos vivos, parpadeantes, quiero decir– en el plumaje extendido. El pavo-panóptico camina decidido hacia nosotras. Es difícil no sentirse múltiplemente observada. Temo que esos siete ojos nos hipnoticen.

–Deberíamos irnos ya mismo –le susurro a mi hija–, no sabemos si estos animales son buenos o malos. Me tienen muy confundida.

Dos hombres de túnica, que resultan ser robots, nos llevan en un helicóptero cuya hélice brota del piso del aparato. Aterrizamos en un lugar en Arabia. Esas hélices ahora parecen sutiles patas de mosquito. ¿Vendrán ellos con nosotros? No. Sus instrucciones son claras:

–Sigan su instinto.

De pronto encontramos una manada de perros grandes, de caza. Muchos de ellos están dormidos. Y el líder, un perro de orejas muy puntiagudas, lleva un bozal. Es malo. Es cruel. Huele nuestro miedo y hace lo posible por despertar a los que duermen. Si despiertan, lo sé, serán toda una jauría desbordada. Veo sus hocicos húmedos y sé que debemos salir de allí.

–¿Qué hacemos? –pregunta la niña, mirando a los que están despiertos y que se acercan en cámara lenta.

-Lo que se hace con los perros –le digo, convencida de mi estrategia–. Quererlos, acariciarlos, hablarles bonito. Como con Luna.

Y eso es lo que hacemos. Extendemos las manos y acariciamos sus cabezas, sus lomos, y endulzando la voz les decimos que son hermosos, muy hermosos. El perro del bozal está furioso y les da cabezazos a los dormidos como si fuera un toro.

–Salgamos de a poquito.

Entonces pasa una paloma. Carga en el pico una de esas pequeñas espigas que suelen aparecer en los dibujos animados para decorar escudos y símbolos nobles. De inmediato comprendo que la espiguita está señalando una dirección.

Caminamos ahora a paso rápido guiándonos por la espiga. Entonces nos enfrentamos a dos puertas idénticas. Busco a la paloma para ver si tiene algún mensaje cifrado que nos oriente, pero ha desaparecido. Sólo quedamos nosotras y eso que anunciaron los robots: el instinto.

Lo sigo, al instinto. Me decido por la puerta de la izquierda. La escalera de caracol es demasiado angosta. Con un gesto de la mano convierto a mi hija en una muñeca. La aprieto contra mi pecho y subimos por la tripa metálica. Llegamos a una única puerta. El instinto ya no es necesario. No hay más opción.

Entro en ese lugar. Resulta ser un estudio o una oficina. Sin embargo, está todo desordenado, la pantalla de la computadora rota, el teclado en el piso, hojas por todas partes como si hubiera pasado un huracán. ¿Qué hacemos allí? La idea de volver por la escalera retorcida me chupa el esófago. Yo, tiesa allí, y tantas hojas blancas escupidas por un viento que ya no está… Me invade un miedo terrible.

Con la muñeca pegada al pecho doy algunos pasos en ese lugar arrasado. Veo un hilo de luz bajo una puerta que debe conectar con el baño. No sé si debo irme de inmediato o quedarme. Quedate, me digo, con la certeza de que no he venido hasta acá para huir. Entonces sale un hombre de túnica, probablemente otro robot. El hombre dice:

–Has llegado. Ahora podés llorar todo lo que se te antoje, el tiempo que sea necesario. Muchos de los que llegan acá lloran por dos días seguidos y luego recién hablan. Llorá.

Interpretación

Soñé este sueño hace muchos meses, durante la primera parte del duelo por mi hermano menor. Lo recuerdo con nitidez porque lo conté más de una vez, como depositando en la pequeña memoria colectiva que componen los cerebros de la familia el encargo de recordarlo. Se lo conté, por ejemplo, a mis sobrinas pequeñas. A ellas les gustó tanto el relato de los animales que al día siguiente me preguntaron si había soñado otra cosa. Sin embargo, estos viajes larguísimos que parecen activados por alguna anfetamina astral no se dan con frecuencia.

Su interpretación, dado el momento del sueño, parece fácil. Pero los sueños –lo sabemos porque llevamos como soñantes todo nuestro recorrido vital– siempre dicen algo más, siempre dibujan otra cosa. De modo que no se trataba sólo de un permiso para llorar por mi hermano. Era una orden. Una orden articulada por un robot de una cultura en la que no vivo. Un robot en tanto mensajero de otra esfera. Tal vez ese robot era cada uno de todos los demás que no estaban en mi lugar. Decían, pues, con voz objetiva y empática: llorá. Luego hablarás. Primero perdé el habla, perdelo el lenguaje, quedate con la locura siniestra e infantil de los animales. Sé un animal. Jugá de dolor con tu muñeca.

Esto es, por ahora lo que alcanzo a interpretar. Porque la interpretación es también un alcance. Quizás, con el tiempo, se me dé otra cinta métrica con la cual medir el territorio simbólico de este sueño. Quizás.