Mudanza

Originalmente publicado en la web de Mantis narrativa, en julio de 2019

Imagen de Alex Yudzon

Una mudanza es como un exorcismo. Del fondo de los armarios o de cajitas y cajones olvidados brotan hermosos demonios, palabras sueltas escritas en papelitos, viejas tarjetas de viejos cumpleaños, fotos llenas de fantasmas que saltan de un libro oxidado, o ropa que ya no nos queda y que hace siglos fue capaz de contener al que fuimos, ropa vintage que alguna vez fue la última moda, fetiches oxidados que no nos atrevemos a botar por miedo a que con ellos se vaya algo importante, algo invisible y trascendental, y que en un ejercicio de valeroso desprendimiento por fin nos decidimos a echar al basurero.

Mudarse de casa, como digo, es el escenario y momento perfectos para reconocer sin pudor a la persona en la que nos hemos ido convirtiendo. Rodeada de cajas por doquier, como en un naufragio, pienso en cómo las cosas muertas dejan de ser cosas y, tomando la energía de los habitantes, se atribuyen un latido emocional lo suficientemente poderoso como para interpelarnos, igual que esas películas con muñecas poseídas o vestidos asesinos. ¿Vas a poder liberarte de mí?, parece preguntarme, entre la ironía y la súplica, un patito de porcelana que ha ido perdiendo su significado. Pues, aunque parezca increíble, el tiempo también vacía de sentido a lo que antes era pura saturación.

Todos los objetos convertidos de pronto en espejos opacos.  Las yemas de los dedos cansadas de acariciar lomos de libros y de rasgar cartas que nadie debe ver. La constatación avergonzada de que, por mucho que se critique al capitalismo, la acumulación puede más, la producción infinita de basura, el exceso como una prueba irrefutable de todas las carencias. Duele también el cofre abollado que tiramos llenos de culpa y horror en un contenedor, como si nos deshiciéramos de un cadáver. Sí, es verdad, mudarse es estrangular la línea del tiempo, es desnudar las paredes, pero también la personalidad. Mudarse es delirar. Y sin embargo:

 “Es bueno mudarse, movilizar las energías estancadas”, comenta una amiga, en onda feng shui, en el post que he colgado en mi muro del Facebook. Y es que de cuando en cuando me tomo un break y avanzo entre la arqueología de los objetos y canalizo el stress compartiendo con la comunidad virtual este despellejarme, este morir un poco. Además, ¿cómo subestimar, y menos desperdiciar, las ventajas que ofrece la tecnología cuando de publicidad se trata?

En efecto, he decidido rematar a precio de gallina muerta algunas estanterías de libros, lámparas, sillitas infantiles que las edades de mis hijos miran ahora con desprecio juvenil, espejos agotados y sin creatividad, siempre devolviéndome el mismo rostro y el mismo paisaje. “Vengan, compren, aprovechen”, anuncio en mi muro. Pero ese día llueve y no viene nadie, y los muebles se llueven estoicos en mi improvisada “Garage Sale”.

Al día siguiente, con un sol invencible, salgo hasta mi “kiosko” y, oh, surprise!,  en la grama húmeda no quedan ni las huellas de mis bártulos.  Los precios francamente desopilantes no han persuadido a nadie; pero esa insuficiencia no ha evitado que de todos modos se los lleven. Por primera vez en todos los años que he vivido en el mismo barrio, miro con extrañeza las calles, las casas vecinas, los árboles cómplices, e irónicamente me siento contenta: alguien ha mirado con deseo mis cosas, mis objetos-sujetos, y ha preferido llevárselos en la clandestinidad, que es como se suelen cumplir muchos deseos.

Por un rato me quedo pensando en mundo con economía básica de trueque. ¿Qué me habrá dejado el que se llevó los muebles, el que acarreó los espejos para reflejar otras caras y otras intimidades?  Quizás cree, equivocado, que no me ha dejado nada. A lo mucho, un mal sabor. Sin embargo, la sensación de libertad, de una mochila más liviana, incluso de abundancia, me energiza. Debería tirarlo todo, sonrío. Pero claro que me detengo, refreno la fantasía compulsiva y vuelvo a enfocarme en la clasificación, esa tarea aparentemente tediosa, pero tan necesaria para limpiar la vida y que el torrente siga su curso.

La montaña de Sísifo, eso sí, continúa alta. Siguen surgiendo libros de todas partes, como un dulce castigo del oficio. El mal del oficio. En un exagerado gesto de aborrecimiento, juro que me convertiré al Kindle total, pero la caligrafía ajena que sorprendo en los márgenes de una novela me conmueve y me disuade. Se han perdido las caligrafías, susurro.

 Abro otros libros para escuchar sus mensajes y los mensajes llegan. Los leo ahora en voz alta y me asombra sentir el eco de mi voz en la casa gradualmente arrasada. La inteligencia de los objetos es clara y sabe ordenar el caos. De entre una pila de libros tomo uno flaquito, amarillo; es “Mudanza”, justamente, de Alejandro Zambra. Cierro los ojos y elijo un fragmento al azar: “Alguien cambió el lugar del bosque/ que antes estuvo aquí/ donde sólo quedan pedazos de mar/ acercándose a mis manos”.

Y, por supuesto, estoy de acuerdo con esa lógica. Lo que uno se lleva de las casas que deja como cuerpos ya agotados es el modo en que se abrieron o se cerraron a la exterioridad del mundo. Yo decido dejar esta ventana-puerta demasiado ancha que no me protegió como debía del ruido de una avenida que nunca estuvo lo suficientemente lejos. Me llevo, en cambio, la esquinita donde coloqué un taburete para acomodar mejor mi taza de café. Me llevó la sombra profunda que le marcaba el árbol en el lado izquierdo del techo. Todo lo demás que se quede.

Y cuando mañana subamos lo nuestro al camión de mudanzas, me aseguraré de olvidar algo, no sé qué, algo inconsciente que funcionará como una llave o una clave para aquel que llegue, ilusionado, a descubrir la renovada belleza de este lugar. Y cuando cerremos la puerta, nuestros años de esfuerzo y felicidad flotando en el olor a detergente, no olvidaré recoger mi nombre, como me enseñó mi abuela, para que mi alma no se quede aquí, confundida, sin enterarse de que ya me he ido. Tres veces diré mi nombre, sin negarlo ni una sola vez.

2 comentarios sobre “Mudanza

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