Sueño con matemáticas

“Black Addition”, fotografía de George Becket

En este sueño regreso a Bolivia porque debo comenzar a estudiar. Estudiar de nuevo. Esta vez matemáticas. Estoy nerviosa, me preocupa no dar la talla –preocupación lógica, por cierto, pues en la vida ‘real’ nunca he sido buena en mate–. La idea de calcular problemas enormes como la velocidad o la luz o algún tipo de probabilidad certera me llena de pánico. Siempre he admirado la capacidad de abstracción de las operaciones matemáticas, el modo en que una ecuación es capaz de resumir la abundancia o de amenazar con una explosión; sin embargo, he mantenido una prudente distancia ante su misterio. Mi padre, que es ingeniero industrial y siempre ha sido un crack para los números, me pide que me relaje, al fin y al cabo, trabajar con matemáticas es como escribir ficción, dice, mientras en mi sueño caminamos por un campus laberíntico. Hay que amar y respetar cada número como se respeta a un personaje, dice. Entonces, envalentonada por esa analogía, tomo mi mochila y voy en busca de mi aula que, según recuerdo, está en el módulo 3. Pero, ¿dónde queda ese módulo? Camino y camino por círculos y graderías, con el tórax apretado por la angustia; avanzo casi por inercia sin encontrar el dichoso módulo, hasta despertar. Despertar del puro cansancio.

Interpretación

Hace días que me enfrento a las nuevas exigencias tecnológicas de la súbita y full enseñanza online, de modo que eso es lo primero que interpreto. Que este nuevo modus operandi desatado por la pandemia implica para mí desafíos similares a los de tener que aprender matemáticas en tiempo récord. Sin embargo, mientras el día va desarrollando su personalidad afectiva y la realidad entra en diálogo con mi impronta onírica, codifico nuevas lecturas, lecturas más arriesgadas, porque para eso están los sueños, para empujarnos a los abismos de nuestros temores. Leo, por ejemplo, un titular que dice que, en Montero, mi ciudad natal, están inaugurando a las apuradas un hospital muy moderno que atenderá a los afectados por el coronavirus; el hospital contará con 12 respiradores. Sí, 12 respiradores (más los que, por supuesto, debe haber en los otros centros hospitalarios) para una población de aproximadamente 150 000 habitantes. Durante los últimos días he estado leyendo cifras siniestras, proyecciones y restas que simbolizan, mejor que cualquier hermoso buitre, este gran memento mori que experimentamos, casi alucinados, como en una sugestión global. Se ve que mi capacidad simbólica para canalizar los insumos sentimentales en los sueños no hace un trabajo muy sutil. De todos modos, sigo intentando en la interpretación, buscando en la astrología, por ejemplo, alguna otra clave. Y he ahí que descubro o recuerdo que la casa III es ‘el parte’ de los hermanos. Y entonces la pulsión del inconsciente me lleva veloz, acezante, a la imagen de mi hermano, el quinto de nosotros, el que desde niño curaba a nuestras mascotas porque su vocación de médico ya se prefiguraba, clara, bondadosa. Pienso en él y me conmueve la foto que nos manda por el whatsapp: ahí está, bajo la mascarilla y el enterizo blanco de astronauta, sonriente a juzgar por los ojos, listo para lo que venga. Y entonces, con el poder invencible y matemático de mi amor, lo abrazo y lo protejo. Nada podrá, pienso, decido, con esta raíz exponencial que nos incluye.

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