El lago

Fotografía de Todd Trapani. Texto de Giovanna Rivero publicado originalmente en https://artezeta.com.ar/paisaje-interior-2/

No era la ruta más corta, pero era la que prefería tomar por las mañanas para llegar a la universidad en la que coordino un seminario de escritura académica. El viaje era de una hora. Salía de mi casa en Lake Mary y tomaba la Interestatal 4 East para desembocar en la larga carretera F-417, atenta a los continuos desvíos que las actividades de construcción suponían. Desde que nos mudamos de la fría Ithaca a este condado tropical, me propuse no temerle al tráfico de la ciudad de Orlando, de modo que cada vez que me aferraba al volante como si fuera una extensión de mis brazos, del vector de mis pensamientos, recordaba que no podía entregarme a las marejadas de vehículos con actitud de víctima. Durante la mayor parte de mi vida en Estados Unidos me instalé en ciudades pequeñas, en ese tipo de provincias relativamente tranquilas llamadas college towns, edificadas sobre terrenos expropiados a los Sioux, a los Seminole, los Navajos, los  Apaches, los Chumash, Yokuts, Cayuga, Kitanemuk, Chu-nute,  y otras naciones indias, gracias a innumerables tratados no ratificados durante la primera parte del siglo XIX y al Morrill Act, ley firmada por Abraham Lincoln en 1862 para propiciar la conformación de pueblos consagrados al estudio y la escritura compulsiva de papers académicos y en los que conducir es tan ‘complicado’ como seguramente lo era para las antiguas carrozas tironeadas por caballos de pulidos cascos. En Orlando, en cambio, hay que conectarse con la sombra jungiana para poder llegar a destino. Sin embargo, me daba modos para que ese camino de maldad automotriz me reservara también un tramo de alegría. La I-4 East tenía esa parte y a mí no me importaba gastar más gasolina en su recorrido.

El paso por el puente debía durar unos cinco minutos. Era un puente de barandas cortas, por lo que el resplandor del agua rebotaba en el cuerpo y se metía en los ojos, en el cerebro. Ningún pensamiento quedaba a oscuras. Cuando llovía, bajaba la velocidad para contemplar por unos microsegundos más la acupuntura de la lluvia sobre la piel esmerilada de ese lago. El Lago Jesup. Siempre me preguntaba cuánto costaría alquilar una de esas casas de la orilla, con terraza y enormes ventanales. ¿Qué podía hacer para merecerme una vida así? Una ventana a ese espejo encantado, anocheceres con el cielo diluido en la hondura incalculable. Quizás también ese lago, como muchos cuerpos de agua dulce de la Florida, incluso los que se diseñan artificialmente para adornar los condominios, anidaba aligátores y entonces, en la vida alternativa que reclamaba mientras vivía mi tránsito por el puente, debía estar preparada para su amenaza, recordarme que si un atardecer me aprontaba a registrar el hervor del sol en el horizonte, quizás me encontraría con los ojos obsesivos del famoso ‘caimán del Misisipi’, listo para correr en pos de mi carne, perversamente inconsciente de su legendaria velocidad de bestia flexible.

Después del puente me esperaba un buen tramo de camino flanqueado de vegetación. Las palmeras no eran tan altas como las de las playas; también los árboles, si bien anchos y oscuros, eran más bien petisos, como esos árboles frutales de Santa Cruz que se daban modos para seguir reinando en jardines improvisados o en veredas dominadas por el comercio ambulante. Cerca de la Exit 32 me preparaba para las sorpresas del día. Siempre había un desvío, un anuncio que obligaba a recalcular la ruta. En esa porción de mi camino el verde era escaso. Los tractores y aplanadoras de asfaltos se deslizaban como gigantes sigilosos, concentrados en lo suyo. Yo apenas notaba el avance; quizás porque no sabía cuál era el plan de tanto ir y venir de aquellos colosos. Había escuchado por ahí que el objetivo era surcar el mapa floridiano de autopistas de primer nivel, flamantes y suaves como estelas de mantequilla, para la Copa Mundial de Fútbol 2026. Admito con cierto pudor, eso sí, la fascinación que me producía ese cemento metódico capaz de esculpir contorsiones impensables en el aire, ¿era acaso el mismo barroco del capitalismo que causó asombro en Martí?

Mi recorrido de vuelta a casa me deparaba otros paisajes. Los neones del coliseo Amway Center y el cosquilleo de las luces del downtown a lo largo de varias millas eran todo lo que necesitaba para pactar por unos momentos con esa estética de la modernidad gringa hecha de concreto y de trabajo inmigrante. Cuentan las noticias locales que los obreros no han parado, que aprovecharán este extraño repliegue de la vida para agilizar el trabajo, mano a mano con los robots. Al fin y al cabo, los robots no se contagian, no de esto. Sellarán la capa asfáltica de las avenidas, cancelarán algunas calles, abrirán otras rutas. No sé si cuando esto acabe, si se acaba, si volvemos, si nos parecemos a lo que éramos, mis trayectos serán los mismos. Por ahora, imagino que sin el ruido de los vehículos cruzando el puente, los caimanes del Lago Jesup asomarán sus magníficas cabezas, reptarán por el pasto húmedo y avanzarán hacia la tierra rejuvenecida como los primeros habitantes de una estrella nova. Cierro los ojos y los veo: prehistóricamente hermosos en sus escamas de obsidiana, inocentes y futuristas, sonrientes, invictos, saurios primordiales, hijos también ellos de un Dios vengativo y generoso.

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